Cuando las campañas publicitarias quieren más que vender

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Las marcas no se enfocan solo en la venta de sus productos, les interesa mostrar que se preocupan o apoyan causas que son importantes para sus clientes. Avianca y Postobón nos traen dos ejemplos y algunas personas nos dan su opinión al respecto.


Si juntamos las palabras “campaña” y “publicitaria” la gente relacionará de inmediato el enunciado con la venta de producto o de un servicio. No obstante, esta definición se queda corta ante la variedad de campañas que existen y ante la cantidad de mensajes que las marcas intentan transmitir en televisión, radio, prensa, redes sociales, internet, vallas, etc.

Lo primero que debemos decir es que una campaña publicitaria es “una acción o grupo de acciones agrupadas en el tiempo y diseñadas para publicitar un producto, una compañía un concepto o una causa”, según lo explica el Centro Universitario de Mercadotecnia y Publicidad (CUMP) de México. “Sencillamente es que alguien A (una empresa, una entidad, un gobierno, un partido político o un fabricante de productos) quiere transmitir a otro alguien B (sus clientes, sus socios, sus ciudadanos, votantes o consumidores) una idea, un concepto, una recomendación o un aviso”.

Esta definición nos permite tener una mirada amplia de la campaña publicitaria ya que menciona palabras como “idea” o “concepto”. Así entendemos cómo existen campañas de marketing social, que se enfocan en apoyar una causa y “prevalecer en la mente de la gente para generar una imagen favorable y que agregue valor a la marca”, como lo indica Francisco Morales, profesor de las Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (FCPYS-UNAM).

Como ejemplo claro tenemos la campaña que Postobón lanzó en el Día de la raza pasado, en la que quitó los colores de sus productos:

La campaña, creada por Sancho BBDO, “se conecta muy bien con la marca”, considera Kyara Ortega —25 años, publicista—. “¿Quién mejor que ellos (Postobón) para hablar de que los colores no importan?”.

Otra campaña que quiso agregar valor a su marca y generar una imagen favorable fue Avianca, quien en época mundialista presentó la campaña “Corazones que lo dan todo”, realizada por DDB Colombia.

Aunque aquí no hay involucrada una causa social, se interesa por algo importante para un gran porcentaje de los colombianos: la Selección Colombia. Avianca ha empezado a vincular el corazón con su marca desde el principio de este año, cuando lanzó “Todo para enamorarte”.

Para Kyara Ortega la campaña de Avianca tiene un poco menos de impacto que la de Postobón porque el producto final llega no llega a los consumidores, a diferencia de las botellas con líquido transparente.

Cristian Vega —filosofo y literato de 29 años— ve en estas dos campañas un intento de emocionar pronto a la audiencia aprovechando cada fecha o época. Además, las considera cursis.

Diego Suarez —30 años, administrador de empresas— se siente “más involucrado” con la campaña de Postobón y considera que es una estrategia de “mercadeo brillante“. Con la de Avianca queda un tanto en el aire, ya que le surgen dudas como para quién la hicieron.

Y usted, ¿recuerda campañas que le hayan impactado y no quisieran solo venderle algo? Compártala con nosotros en los comentarios.

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Guía para acercarse al votante indeciso (o no) del centro

Estos pasos sencillos, a los que se les pueden incluir muchos más, le permitirán establecer un diálogo constructivo para buscar el apoyo de los votantes indecisos o que van por el blanco en la segunda vuelta presidencial. Spoiler alert: vamos por Petro.

Lo primero que debemos señalar es que hay que ser empáticos, hay una tusa electoral en el medio. Será muy fregado convencer al otro a punta de críticas, peleas e improperios. Venimos de unas campañas largas, pesadas y en las que se han dicho muchas cosas para confundir. La idea es aclarar propuestas (como la del aguacate, que se refiere a potenciar el agro de tal manera que no dependamos de la extracción), resolver dudas, presentar los potenciales panoramas que se avecinan.

Lo segundo es demostrar que somos incluyentes, que necesitamos lograr acuerdos porque Petro requiere a Fajardo, a las Claudias, a Robledo y a De la Calle para lograr la presidencia y para tener un número en el congreso que le permita gobernar. Petro los necesita, así de simple. No creo que, como lo puso Héctor Abad Faciolince, Fajardo o quienes están con él pidan un ministerio o cargos por clientelismo; creo que si logran un acuerdo será natural que sean parte del gobierno, eso es unidad y de eso se trata la política. Si miramos al otro lado, veremos que esta inclusión brilla por su ausencia, como cuando Marta Lu (vice de allá) señaló que las parejas heterosexuales tendrían prioridad para adoptar sobre las parejas homosexuales. Lo dijo (parece dicho por Ordóñez). Y rematemos con esta pregunta: ¿con quién cree que se unirán los políticos tradicionales, esos de los que siempre nos quejamos?

Lo tercero es que muchos dirán que no se sienten representados por ninguno de los dos candidatos. La verdad es que, aunque lo quieran o no, uno de ellos será el próximo presidente de Colombia, será la cara del país ante el mundo y tomará decisiones que nos afectarán por los próximos cuatro años (para bien o para mal). ¿Queremos un presidente que apoye a Trump o que siga con el fracking o que busque recortar las Cortes del país? Aquí también podemos añadir que el voto en blanco no tiene efecto en estas elecciones y la abstención es dejar que otros decidan su futuro.

Lo cuarto es hablar del candidato. Sobre Petro se dicen muchas cosas, como lo del ego o su gestión. El ego no es algo nuevo de los políticos o único de él. Petro invitó a Fajardo a una consulta hace meses ya, cuando el exgobernador hubiese ganado de manera fácil. Su periodo como alcalde no fue tan nefasto como muchos aseguran, esto lo podemos asegurar gracias a Peñalosa, quien en estos años ha inaugurado las obras que Petro dejó, como el TransmiCable. Además, Chocó, Cauca, Putumayo y la Guajira, lugares olvidados y de los que muchos (entre los que me incluyo) no hemos hecho nada para ayudar, votaron por Petro, él ganó allá. Gano en el Atlántico, el fortín de los Char. Algo tiene para haber convencido a esa gente que ha sufrido el olvido colombiano.

Lo quinto es revelar que de haber llegado Fajardo a segunda, los votos de Petro habrían apoyado sin duda a Fajardo. Hay cosas más importantes que estos dos candidatos. De la otra esquina está una marioneta sin experiencia (mejor así, para que no traicione al patrón) que tiene detrás a Monseñor Exprocurador, a Popeye (quién está en una cárcel de Valledupar), los defensores de Uribitwo (quien estuvo a cargo del Agro Ingreso Seguro o ‘AIS’), entre otras bellas figuras. Se sabe que, de llegar Duque al poder, cosas pueden pasarle al acuerdo de paz, ese arbolito que apenas está creciendo, tal como lo dijo Humberto de la Calle.

Lo sexto es recordarle parte del segundo punto. Petro tendrá sobre la nuca a la prensa, a la oposición y a las otras ramas del poder, porque ninguna está bajo su control. Ninguna. NINGUNA. Sumémosle a esto que los votos de Fajardo son votos de opinión, lo cual indica que cualquier apoyo de su parte tendrá un seguimiento y una veeduría constante, tal como ocurrió con el acuerdo de paz. Señalo esto porque la gente parece olvidar que los partidos mayoritarios del congreso son el Centro Democrático y Cambio Radical. Si Duque presenta ciertos proyectos, como el aumento de la edad pensional sin siquiera pensar en la necesaria reforma a dicho sistema (tal como lo recomendó la OCDE y algo que Petro quiere hacer), ¿no creen qué será fácil que los aprueben? ¿Qué contrapeso podemos esperar de los medios?

Lo séptimo es recordar ciertos datos del gobierno Uribe: como la desaparición de las horas extras, el enriquecimiento de Tom y Jerry (que a día de hoy no se esclarece), la desmovilización falsa de paramilitares, todos los políticos y ‘servidores’ públicos conectados con él y que hoy están en la cárcel o fugados (desde Sabas Pretelt hasta su clon), los casos de corrupción como el de Reficar o AIS, entre otros.

Lo octavo es agradecer el voto. Las madres de Soacha, los soldados que ya no están en las camas del hospital militar, los periodistas chuzados por el DAS, los que hemos defendido la paz, entre muchísimos otros, se lo agradeceremos. Profundamente. Se necesitan cambios que hagan que el tercer país más desigual del MUNDO no lo sea.

PD: si por pura casualidad le salen con lo del castrochavismo. Recuérdeles que Chaves tuvo más de 60 representantes de su Movimiento Quinta República, Patria Para Todos, Movimiento al Socialismo, entre otros, en el congreso (de 207 de total) cuando fue elegido y que las fuerzas militares lo apoyaban fielmente. Aquí no pasa eso. Cambie el tema pronto para que no hable de cosas sin sentido.

Subir a Monserrate o llegar al cielo

En mi mochila negra con líneas horizontales grises va la billetera, el celular, las llaves y un botilito morado con tapa negra capacidad para lleno con medio litro de agua. Todo va en mi mochila porque los bolsillos de mi sudadera negra —la que más suelo usar— no son grandes y todo lo que tengo ahí se humedece un poco cuando hago ejercicio.

Es un domingo gris y estoy frente al cerro de Monserrate, una de las paradas obligadas para los turistas que visitan la capital y uno de los lugares de peregrinaje más importantes de Bogotá. El santuario que se encuentra en la cima fue terminado en 1925 y alberga la figura del Señor Caído de Monserrate, una figura tallada en el siglo XVI que representa una de las caídas de Jesucristo en su camino al Gólgota.

Desde que se reabriera el camino que sube la montaña en febrero de este año —luego de casi 15 meses—, miles de personas llegan todos los fines de semana para subir los 1.034 escalones (aproximadamente) hechos con piedras grandes, del tamaño de una sandía en promedio. Son mujeres y hombres de todas las edades que llegan con pinta deportiva —tenis, pantaloneta o leggin deportivo con camiseta de color chillón o de algún equipo de fútbol— o con un conjunto más casual —zapatillas o zapatos, jean, camiseta o camisa—. Los de jean son mayoría.

Antes de empezar a subir, la policía pide a los padres que midan a sus hijos pequeños junto a uno de los postes de la alambrada que tiene 100 centímetros dibujados del piso hacia arriba. Si alguno mide menos de un metro no puede subir, por “seguridad”, dicen ellos. Tampoco pueden subir los perros, sin importar su tamaño, por lo que hay muchos amarrados en unas carpas vacías que están justo al frente de donde comienza el camino. Varios chillan sin parar.

Como yo mido más de un metro y no tengo mascota, empiezo mi ascenso del primer tramo que consta de largas rampas con inclinaciones pronunciadas. A los lados hay bardas de madera que los niños confunden con las amarraderas de los caballos. Hay árboles y pasto por doquier. Se ve todo muy verde. Antes del cierre del 2015, toda esta zona era seca.

Subo tan rápido como puedo, tratando de sobrepasar cuantos grupos familiares pueda. Ya he realizado el trayecto una decena de veces en los últimos meses y sé que entre más grande es el grupo más difícil es pasarlos arriba. Son hijos, padres, abuelas y tíos que van a peregrinar juntos, a pedirle o agradecerle al Señor Caído. También rebaso a quienes suben descalzos o de rodillas. Ellos suben así porque su necesidad es mayor y ofrecen algo más al subir: sangre.

Pero no solo quienes ascienden piden algo. Luego de pasar el portal de bienvenida, que está a 250 metros —calculo yo— de iniciar el camino, en el primer tramo plano que hay, se sienta sobre un parlante un hombre de piel cobriza, ciego, con pelo negro liso y sombrero vaquero blanco a cantar baladas, boleros y canciones populares. Todas le suenan desafinadas, nasales y fuera de tiempo. Tener pista de cada tema no le ayuda, solo hace más evidente los errores. Es como escuchar una de esas audiciones de realities musicales que causan pena ajena y risa por el nivel de ridiculez logrado. Sin embargo, aquí, donde muchos buscan ayuda, el ‘anticantante’ recibe muchas monedas en una lata que tiene en la mano izquierda. En la derecha sostiene el micrófono.

Los deportistas dicen “a la derecha” para que se despeje un poco el camino. Ni en Monserrate se respetan los carriles.

Después de la música, viene un ligero ascenso donde un señor ofrece la pomada de coca y marihuana, la que quita cualquier dolor. Es casi milagrosa. Nunca he visto cómo está vestido porque siempre lo cubre un pendón verde que sostiene y en el que, asumo, se enuncian los beneficios de su producto. Si alguien está subiendo por alguna dolencia podría llegar hasta aquí. Podría pensar que Dios mismo puso a este señor para que le ayudara con su dolor.

Avanzando se llega a los ‘caracoles’: cinco curvas seguidas que van desde los 120 hasta los 180 grados, en las que la gente suele detenerse a tomarse fotos para disimular el cansancio. Las caras rojas y el sudor los delatan. Como es domingo y aquí el camino no es muy amplio, se forma un trancón de cansados. Los deportistas dicen “a la derecha” para que se despeje un poco el camino. Ni en Monserrate se respetan los carriles.

Luego de otra rampa larga y una tanda de escaleras, aparece la mitad del trayecto, donde a ambos lados del camino hay puestos de venta similares a los de las carreteras del país: con tejas metálicas sostenidas con postes de madera; tienen ese piso rojo o gris liso que es cemento pulido; algunos tienen muros en algún costado. Ofrecen agua, cerveza, chicha, papas, dulces, porciones de sandía y de piña, carne y baño. Todo lo que sirva para tentar a los peregrinos porque los deportistas no se detendrán.

Como yo subo para combatir el sedentarismo que el trabajo me impone, no me detengo. Aprovecho el largo tramo plano para recuperar energías. Reduzco un poco la velocidad y tomo un largo sorbo de mi botilito. Evito respirar por la nariz porque el intenso olor a grasa de los pinchos que se están asando me produce asco. No puedo mirarlos con calma porque juro que su color es demasiado amarillo para ser consumido.

Prefiero posar mi mirada a la punta del cerro. El cielo sigue gris y la cima está nublada. Se puede prever que en la punta, ubicada a 3.152 metros sobre el nivel del mar, puede lloviznar más adelante, si no es que ya está cayendo agua. De nuevo miro al frente y trato de normalizar mi respiración aprovechando que el olor se quedó atrás.

Los dos últimos intentos para atrapar personas que tiene este oasis de la montaña son un señor que ofrece ver en su telescopio cómo “se cola la gente en Transmilenio” y una piscina llena de bebidas: latas de cerveza, botellas de agua y de gaseosa. Sí, una piscina inflable, redonda de varios colores. Su dueño dice con fuerza: “lo que saque, a dos mil”.

Viene la segunda parte del camino, donde las rampas desaparecen y solo hay escalones cortos seguidos con varias curvas cerradas, como las de los ‘caracoles’. Aquí ya que he visto gente con ‘la pálida’ a un lado del camino. Por eso abundan los vendedores de queso con bocadillo: para curarse de la pálida se requiere más que agua, se necesita energía, azúcar. También ofrecen cuajada con arequipe y mermelada.

“¡Ánimo, ánimo!”, dice la voz de alguien que parece haber tomado una copa de aguardiente

Mantener el ritmo aquí es difícil y he sentido ganas de detenerme en algunas ocasiones, como lo hace la mayoría ante de la dificultad. Sin embargo, cuando eso sucede, de arriba, de la parte final de la seguidilla de escalones, me llega una voz de aliento. “¡Ánimo, ánimo!”, dice la voz de alguien que parece haber tomado una copa de aguardiente, no por la dicción sino por lo rasgado que suena. “¡Vamos con toda, vamos con toda!”, grita luego.

Es el animador de Monserrate —o así le llamo yo—, quien espera que le recompensen con monedas la inyección de moral que suministra. Suele recostarse en la barda de piedra mientras sostiene una lata vacía para las moneda y su bastón —que presumo es de aluminio—. Es ciego, viste una gorra y una chaqueta, ambas de color negro.

Pasar este punto es casi lograr la meta. Desde ahí hasta el santuario el camino es plano casi en su totalidad, con subidas y bajadas, salvo los últimos 200 metros —otro cálculo mío— en los que hay escaleras y una rampa en ascenso.

Toda esta parte está llena de vendedores. Los primeros que aparecen ofrecen velas pequeñas para pedir favores. Una mujer ofrece tres en mil pesos y un hombre a su lado ofrece cuatro en mil pesos. Ambos dicen que son para agradecer y pedir a la imagen que está junto a ellos, en uno de esos pequeños altares que se colocan dentro de una pequeña cueva, como los de las carreteras. Miro desde afuera la figura y es un Cristo crucificado, no creo que supere los 35 centímetros.

Aquí también hay vendedores de queso con bocadillo, de cuajada, de cuadros y figuras religiosas. Yo paso de largo, tomo otro largo trago de mi botilito. Deseo llegar pronto a la cima.

Luego de 42 minutos me encuentro frente al Santuario. Me tomo otro sorbo largo de agua. Aún no llueve pero el cielo está gris y no se puede ver bien la ciudad, lo que arruina las fotos con Bogotá como fondo. Toda la plazoleta está llena de gente. Solo la voz amplificada del padre ofreciendo la misa y las campanas pueden sobreponerse al ruido de las personas hablando afuera.

Decido entonces ir hasta el Señor Caído, quiero ver como los peregrinos oran allí. Subo las escaleras donde se sientan casi todos para descansar y camino hasta la puerta que está al fondo del costado derecho del templo. Subo unas pocas escaleras más —las primeras que no tienen pierdas— y veo la figura a través de un vidrio. Lleva una túnica morada que le cubre de la cintura hasta las rodillas, una corona de espinas y varias heridas. Miro alrededor, reviso el espacio de mármol y paredes blancas. No es muy grande. Solo hay dos ventanas para verlo, una a cada lado.

Tampoco se necesita más, en comparación con el gran número de personas que hay en el camino y en la plazoleta, aquí está casi vacío. No hay más de veinte feligreses o curiosos.

¿Será que todos si suben hasta aquí? ¿Será que el hombre que sube con sus brazos, porque no tiene piernas, viene a pedir algo? ¿Lo hará el anciano lampiño que sube y baja cinco veces, sin camiseta y que cuando pasa pide paso haciendo un sonido como cuando se puja?

De momento, yo empiezo mi regreso a los 2.600 metros bogotanos, pido que las personas que bajan a toda velocidad obtengan la iluminación divina, para que reduzcan la velocidad y sus rodillas no sufran tanto.

Consejos (nada oficiales) para subir a Monserrate

A continuación encontrará algunos consejos para subir los más de mil escalones que tiene Monserrate. Las recomendaciones vienen agrupadas en tres grupos: básicas, clave y estilo.

Básicas

Las que le dicen la policía y los encargados de la seguridad en el camino.

  1. Vaya al baño antes de subir. Esto no necesita mayor explicación.
  2. Llegar temprano siempre será lo mejor, habrá menos personas subiendo y vendedores en el camino.
  3. Tome siempre su derecha para dar paso a quienes suben más rápido y a quienes bajan.
  4. Siga el camino establecido, tomar otras rutas le complica la vida a usted y a los rescatistas.
  5. Estire un poco antes de subir y luego de bajar para que sus músculos no se resientan tanto al día siguiente.
  6. Lleve líquido para mantenerse hidratado en el camino.
  7. No arroje basura en el camino. No sea cochino.
  8. Si debe detenerse por alguna razón, hágalo al extremo derecho para no bloquear el paso.

 

Clave

Adquiridas luego de subir en varias ocasiones.

  1. No suba en jean. Por más que su idea no sea la de hacer ejercicio, subir más de mil escalones no es algo cómodo con esta prenda.
  2. Use zapatos deportivos. Baletas, tacones o botas pueden lastimarle los pies y no ser adecuados para enfrentarse a las escaleras hechas con piedras grandes.
  3. Suba con lo que considere estrictamente necesario. Tenga en cuenta los climas de la ciudad y que arriba, en el Santuario, puede estar haciendo más frío.
  4. Si va a comprar algo, hágalo abajo. Arriba todo es más caro porque se aprovechan de que usted no puede pensar bien por el agotamiento y está deshidratado (recuerde la 5 de Básicas).
  5. Si algo de lo que vio arriba lo antojo, cómprelo luego de descansar un poco y beber agua. Puede hacerlo también cuando empiece a bajar.
  6. Si va en grupos (3 o más), evite ir en la misma línea. El camino es angosto en muchos tramos —sobre todo después de la mitad—, se pueden generar bloqueos innecesarios para quienes suben y bajan más rápido.
  7. Trate de no detenerse, de mantener su ritmo, así sea muy lento. Parar y volver a arrancar puede llegar a a ser más complicado de lo que se cree (recuerde la 7 de Básicas).
  8. Aproveche las partes planas, lo que significa caminarlas con más pausa.
  9. Si va con niños debe entender los ritmos de ellos. No puede obligarlo a subir hasta que le disloque el brazo de tanto jalarlo. Si son muy pequeños debe prepararse para alzarlo en algún tramo del camino.
  10. Los días de mayor flujo suele ubicarse un señor a dar ánimos a quienes deciden subir. “¡Ánimo, ánimo!”, grita. Créale cuando dice que falta poco y que ya pasó lo más difícil.
  11. Bajar a toda prisa puede ser extremadamente contraproducente para sus rodillas.

 

Estilo

Como suele ocurrir con todo, hay etiqueta.

  1. Aunque los vendedores del camino le quieran meter hasta por los ojos el palo para las selfie o selfie-stick, es mejor subir con un bastón que le ayude en el camino. A nadie le interesa que subió 50 escalones y luego otros 37. Es el mismo fenómeno que ocurre con los que van al gimnasio a volverse fotógrafos. Además, recuerde que su mejor cara no es esa que muestra cuando está sudado y ‘cacheticolorado’.
  2. Salvo que carezca de olfato, no compre pinchos en el camino. No hay olor más nauseabundo mientras alguien sube que ese.
  3. ¿Para qué comprar cerveza en el camino? ¿Acaso quiere perder coordinación motriz e ‘irse de jeta’ en esos escalones que tienen piedras salidas?
  4. Si le sirve, ponga la música que quiera para subir, no se sienta cohibido. En varias tiendas sintonizan La Kalle y nada puede ser peor que lo que suena ahí.

Espero que estas recomendaciones le sean de utilidad. Si tiene alguna otra puede añadirla en los comentarios, porque aquí, a diferencia de El Espectador o Vice, no hemos quitado esa parte.

¿El fútbol tiene periodismo?

Durante días la gente estuvo en redes sociales, en bares y en buses hablando sobre el penal que el alemán Deniz Aytekin le pitó al Barcelona en el partido que ganó el equipo catalán ante el Paris Saint-Germain por 6 a 1, marcador necesario para que el Barça no quedara eliminado. El penal, que se convirtió en el 5 gol blaugrana, no fue penal.  En la repetición se observa que Luis Suarez se deja caer al sentir la mano del defensor del equipo francés; árbitros de varios países estuvieron de acuerdo que nunca hubo falta y la UEFA, máxima organización del fútbol europeo, decidió excluir a Aytekin del grupo de árbitros que pitarán alguno de los 16 encuentros que restan por su mala decisión.

Sin embargo, muchos periodistas especialistas en fútbol, como Fernando Palomo y Andrés Marocco, dijeron que hablar sobre un penal pitado en el minuto 91, cuando el partido iba 4-1, era restarle mérito al Barcelona o pensar en conspiraciones. De hecho, ambos mencionaron como L’Equipe y el diario londinense The Times no hablaron de ese u otros errores que el árbitro cometió ese día. Más allá de si fue un error o no ¿No era un hecho relevante que debía mencionarse? ¿No es labor de los periodistas deportivos dar cuenta de los hechos importantes que ocurren en un partido de fútbol?

Vi esto como otra muestra de la falta de rigurosidad de los colegas dedicados al deporte más famoso del mundo. Parece que todo lo que no sea táctica, técnica, celebraciones, chismes de noviazgos o peinados curiosos estuviera fuera de su rango. Los dineros del fútbol, la violencia en los estadios, los vínculos oscuros de los equipos con algunas organizaciones delincuenciales están más allá de su jurisdicción.

Tal vez por eso nunca se percataron de la gran red de apuestas que en 2013 salió a la luz por la investigación que realizó la Oficina Europea de Policía (Europol) y que vinculaba a 400 personas (jugadores, técnicos, dirigentes y árbitros) en 380 partidos. ¡380 partidos en los que pudo haber muchos errores arbitrales groseros!… Pero errar es humano, siempre suelen decir los periodistas del fútbol.

Es una labor que sí se hace en otros deportes: en 2004, los periodistas David Walsh, de Inglaterra, y Pierre Ballaster, de Francia, publicaron que Lance Armstrong, cinco veces ganador del Tour de France, se había dopado en cada una de sus participaciones. ¿Cómo empezaron a interesarse por el tema? Los tiempos y velocidades desarrolladas por el ciclista estadounidense y muchos ciclistas del pelotón eran inhumanos, demasiado buenos como para ser reales.

(Para que se entere de la historia de manera más entretenida, acá dejo el trailer de la película sobre el tema)

¿Tanto como una pena máxima en el minuto 91, cuando se necesitan dos goles para clasificar? No lo sé, y creo nunca lo sabremos. Los grandes medios deportivos se quedarán en recordar los escándalos arbitrales de los últimos diez años, las otras veces que un árbitro ‘ayudó’ a grandes equipos y ya. No irán más allá.

Tal vez, con el pasar de los años, algún documentalista fanático del balón se anime a explorar el tema y descubra qué pasó en realidad. Así como ocurrió con la película Los Dos Escobar, que hablaba sobre el capo de la droga Pablo Escobar y el defensa colombiano Andrés Escobar. Allí, los hermanos  Michael  y Jeff Zimbalist entrevistan a los jugadores y cuerpo técnico de la selección Colombia del 94. Ellos cuentan como los ‘narcos’ amedrentaron a Maturana para que excluyera a ‘Barrabás’ Gómez de la titular o la presión que los obligaba a ganar sí o sí para pasar a la siguiente ronda.

El periodismo existe para incomodar, “debe ser un contrapoder”, dice Daniel Coronell. Aunque no todos gocen del fútbol, es una industria mundial que mueve millones en camisetas, boletas, publicidad, pasiones y corazones. ¿Habrá pocos interesados en sacar su tajada de ahí? No tengo la respuesta a ello. Estoy seguro que tampoco Marocco o Palomo lo saben.

Fe de erratas: Destaco la labor de la revista Panenka, de España, que sí hace periodismo. Gracias a un artículo de ellos entendí porque Falcao se fue del Atlético de Madrid para el Mónaco. La palabra clave: Fondos de inversión.

Anarquía en la librería

“Meditemos en la valija de fuego

se la usa en los infiernos despiadados

contra la nieve, contra el lirismo, contra el odio de los amigos

sólo fracasa con el frío de la muerte

busquemos en nuestra valija de fuego las suculentas podredumbres

para mezclarlas con los sombríos deseos celestes.”

La Valija de Fuego, Aldo Pellegrini


I

“Lo mamón de ser librero es que uno se vuelve mierda la espalda” me dice Marco Sosa, de 36 años, luego de cargar una caja de libros y enderezarse. Es la tercera caja llena y en la que van cinco revistas de moda de 1904 o 1905, no hay certeza. Siempre que se agacha su chaqueta de jean oscura no le alcanza a cubrir todo y una parte de un tatuaje se le alcanza a notar. Le pregunto si tiene un cinturón de carga, el me responde que sí pero no lo usa porque le parece incómodo. Mientras Marco sigue en la tarea, una joven de pelo negro, largo, hace el inventario en la computadora que es registradora y junto a la que están las cajas. Él dice hacer inventario es la actividad favorita de Diana y ella responde mirándome con ironía mientras se apunta a la cabeza con la mano como si fuera un arma.

Estamos en un local pequeño con muchos estantes y lo que parece una mesa de exhibición. Todo está lleno de libros. También hay una nevera antigua abierta que guarda algunos cuadros y stickers. Encima de esta hay pines metálicos con diferentes figuras, en las que puede notar una calavera. Hay unas sillas que parecen sacadas de un cine o un teatro sobre las cuales están colgados otros cuadros, que no están a la venta. Cerca a esto hay más libros.También hay una silla que parece de iglesia y detrás de la cual están pintados Edgar Allan Poe, Charles Bukowski, Arthur Rimbaud y William Burroughs; todos vestidos como si fueran parte de una banda de rock. Encima de las siluetas está el mensaje “Books not dead”. A la izquierda de Rimbaud hay más libros. A la derecha de Poe hay una habitación más pequeña con libros en cada pared, algunos cuadros y prendas colgadas en ganchos de madera.

Todavía me sorprende que la gente entre al local, ubicado en la Séptima con calle 46 en el costado oriental, y le diga a Marco, a Diana o a Lorena otra joven que trabaja medio tiempo aquí “¡Ay, tan bonito! ¿qué es esto?”. Tal vez las mesas y sillas que están afuera pueden despistar un poco y hacernos pensar que sólo es un café, pero tan pronto se cruza alguna de las dos puertas de vidrio no queda duda que lo que se haga en este sitio tiene que ver con libros. Aquí, en el cuarto local que tiene la Valija de Fuego desde que Marco la fundó hace ocho años, se venden libros: “Siempre tuve la idea de tener un lugar con libros”.

En un momento de su vida llegó a tener más de 1500 libros, revistas, fanzines y periódicos anarquistas. Algunos de ellos aún están en los estantes de la Valija

Marco tuvo gusto por la lectura y por la música desde niño. La lectura se lo inculcó su padre, Manuel Darío, quién le compró, en la primera o segunda Feria de Libro de Bogotá, El Libro Gordo de Petete, famoso por dar nombre a los segmentos televisivos de la década del 80. La música la fue descubriendo con sus amistades de niñez, especialmente con un compañero llamado Hugo, quien lo vio una vez con su walkman Sony Sports en el bus del colegio y le preguntó qué estaba escuchando; luego de reprocharle su selección empezó a pasarle casetes con metal, new wave, rock, hasta que llegó uno que aparecía marcado como ‘Punk Undergound’ y le erizó los pelos al escucharlo.

Tiempo después, a los 9 ó 10 años, mientras caminaba con su padre por la Plaza de Lourdes, vio pasar a un tipo con una cresta parada con témpera roja, tenía taches y nodrizas en su ropa, “creo que era el Mancho”, dice, un punkero reconocido en la escena y miembro de bandas como Ultimatum y Los Manolos. Mientras Manuel Darío le decía a su hijo “ese señor parece un desechable”, Marco solo podía pensar que así quería ser cuando grande, lejos de la imagen de niño gordito, con honguito y zapatos ortopédicos.

Se empezó a vincular con la escena. Iba desde su casa, que quedaba en Suba, hasta la Calle 19 con Séptima para pasar rato con los punks, para alejarse del ambiente gomelo que lo rodeaba pero poco le gustaba. Iba con la ropa que él mismo ‘arreglaba’: les hacía parches con corrector o marcador negro. Allí llegaba a poguear, tomar alcohol  chamber (alcohol etílico con frutiño) o vino o cerveza— y escuchar su música favorita, mientras el grupo robaba luz de los postes y pogueaba. Era la tercera generación punk bogotana y aún les tocaba difícil, recuerda.

En aquel sitio aprendió a hacer fanzines y a intercambiarlos para así tener nuevo material de lectura sin invertir dinero. También cambiaba música y libros. Todo ocurría frente a un centro comercial llamado Los Cristales donde quedaba la legendaria tienda bogotana de música Mort Discos, los interesados en hacer trueques ponían una tela frente al edificio donde organizaban lo que había disponible. Los libros que Marco no podía conseguir así, los buscaba en la biblioteca o se los pedía a su padre, “él nunca me negó dinero para un libro”.

En su adolescencia, leyó libros como Un hombre de Oriana Fallaci o Recuerdo de la casa de los muertos de Fiódor Dostoyevski. Se volvió fanático de la ciencia ficción o de la ‘literatura de anticipación’ como le gusta llamarla. Al mismo tiempo se iba interesando más por el anarquismo y empezó a reunir poco a poco literatura relacionada con el tema. En un momento de su vida llegó a tener más de 1500 libros, revistas, fanzines y periódicos anarquistas. Algunos de ellos aún están en los estantes de la Valija.

II

Al final dejó listas tres cajas y una maleta llena de libros, unos 400 ó 500, con espacio para algunos stickers, en una demostración de un juego perfecto de Tetris. Todo esto irá al Festival de Librerías Arcadia que se realizará en el Parque de la 93 los días 7, 8 y 9 de octubre. No es un evento menor, junto a la Feria del Libro es uno de los momentos en los que más vende en el año. En un mercado tan difícil en Colombia como el de los libros, este tipo de actividades le permiten nivelar a Marco seguir adelante con La Valija de Fuego, nombre que tomó de un poema de Aldo Pellegrini, precursor del surrealismo latinoamericano. Desde entonces una quimera escupe fuego en el logo del local.

En algunas ocasiones no hay dinero para que él pueda pagarse su salario, sin embargo, los otros empleados nunca dejan de recibir lo que les corresponde. Marco tiene otras ventajas al tener su librería: hace diseño editorial, trabaja en arte gráficas y publica libros con su editorial llamada La Valija de Fuego, de los cuales es editor. Con el Manifiesto Punk Tercermundista llegó a 17 libros publicados. También es investigador de la Biblioteca Nacional, donde actualmente está desarrollando una fanzinoteca. Para este empleo tuvo que hacer la primera hoja de vida de su vida, en la que su único diploma era el del colegio.

Su amor por la lectura le ha permitido ser un autodidacta. “La academia es la especialización del trabajo y es la especialización de la vida, y yo creo que eso lo que ha hecho es que los seres humanos nos volvamos casi que robots conocedores de un tema particular”, me dijo Marco, “leer es estar siempre en movimiento”.

De esta manera aprendió del negocio editorial. Sabe de los libros que tiene a la venta, unos 5000 calcula él. Aprendió de precios, de autores y de diferentes tendencias literarias. En su local no encontrará un libro de Coelho —“que es una mierda”, asegura Marco— o la saga de ficción del momento, la idea no es replicar lo que hacen otros establecimientos.

Caza libros en cualquier lugar. Hace poco encontró varios libros eróticos de comienzo de siglo, censurados por la iglesia parece ser, en la biblioteca de un sacerdote que ni sabía de qué eran. Ha buscado en bodegas, entre los recicladores, a veces pide por encargo, otras veces revisa con cuidado lo que hay en la calle y en otras le llegan donaciones. Una vez en el centro encontró una primera edición de Gabo firmada, la compró en $15.000, se la vendió a un librero pasamanos (aquellos que se encargan de buscarle clientela a libros caros y aseguran que al primer librero tener ganancia rápida)  $600.000, quién al final lo vendió en $2 millones.

Ahora, siempre que encuentra un libro de primera edición de algún escritor latinoamericano, llama al escritor Juan Camilo Rincón, autor de Ser colombiano es un acto de fe y Viaje al corazón de Cortázar, quién pide que se lo guarde hasta que pueda comprarlo.

Hace poco encontró varios libros eróticos de comienzo de siglo, censurados por la iglesia parece ser, en la biblioteca de un sacerdote que ni sabía de qué eran

La Valija de Fuego no tiene todos los lanzamientos recientes de grandes editoriales, pero tiene libros que es difícil encontrar en cualquier otro lugar. Un ejemplo puede ser Testigo de raza de Hans Jung Massaquoi, un ciudadano libero-alemán que sobrevivió al régimen nazi, o Técnicas de defensa personal, un libro que recopila el trabajo del cartelista mexicano Santiago Solís. Al mismo tiempo puede encontrar pequeñas muestras del trabajo de artistas como Enka o Toxicómano Todo busca mostrar otras ópticas del mundo, el objetivo central del lugar.

Marco cuenta que ahora las editoriales se aseguran de tener inventario allí. En un principio no era así, ya que cuando iba a presentarse como dueño de una librería, lo miraban por encima al verlo con su peinado mohawk, sus múltiples tatuajes –entre los que están una calavera que dice lee o muere en su pierna derecha y ‘F451’, una letra en cada dedo de la mano izquierda, haciendo referencia a Farenheit 451’–, sus pantalones entubados y su chaqueta con taches. Nunca cedió a vestirse de traje y corbata. Así como la Valija no ha cedido a vender lo que está de moda.

Pudo ser que algunos se intimidaran con él, Marco podría cuidar la entrada de un club nocturno por su estatura y complexión. En más de una ocasión ha tenido que hacer gala de ellas por sujetos que intentaron robarle libros, “ya le he tenido que pegar a dos”, dice.

Pero la pinta también puede confundir a los clientes. Un día una señora muy elegante le dijo a Marco que quería conocer al dueño porque estaba encantada con la selección, la decoración y los empleados. “El dueño llega en 15 minuticos”, le respondió. La señora esperó. “Ahora viene” le replicó él luego de que indagara de nuevo por el dueño. Al final la señora se fue a despedir y a dejar el mensaje que lo había estado esperando, “mucho gusto, yo soy el dueño, Marco Sosa”.

III

Es viernes en la noche y hace mucho frío en el Parque de la 93. En una tarima está un grupo de jazz tratando de calentar el ambiente mientras el poco público está de pie o sentado en los puffs. Hay varias casetas que imitan pequeñas carpas de circo cuadradas que son el espacio de las diferentes librerías que vinieron al evento organizado por la revista literaria Arcadia. Marco está frente a su puesto habla y ríe con tres amigos mientras se toma una cerveza en lata.

Desde que visito La Valija de Fuego he visto cómo varias personas entran solo para saludar al dueño del local. Al igual que cuando habla con Lorena y Andrea, no faltan risas y bromas, se puede oír alguna broma. “Cuenta los mismos chistes siempre”, dice Lorena. La impresión de guardia de bar es solo eso, una impresión, una rápida y superficial. Sin embargo, de esa impresión se agarraron los medios cuando lo presentaron como miembro de las FARC hace unos 8 años.

Marco fue testigo del homicidio de Nicolás Neira Álvarez, un menor de edad que fue asesinado por el Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) en la marcha día del trabajo del 2005 (caso por el cual el Estado Colombiano fue condenado en 2011 por el Juzgado 37 Administrativo de Bogotá).

“Como librero, uno tiene una responsabilidad social”

Desde entonces fue objeto de amenazas e intimidaciones. Primero estuvo un tiempo en Venezuela, vendiendo libros y fanzines en la calle. Luego, viajó a España gracias a un programa del Principado de Asturias junto a un sobreviviente de la masacre de El Salado, un sindicalista al que habían intentado matar y a un campesino de Cundinamarca amenazado.

Regreso a los seis meses y la situación no había mejorado. La policía lo capturó y mostró en los medios un cartel en el que era señalado como colaborador del grupo guerrillero y varias imágenes de seguimiento. Marco decide salir del país y viaja por Argentina, Perú y Ecuador. Cuando regresa a Bogotá, año y medio después, funda el primer local de la Valija de Fuego en la calle 43 con carrera 19. Empezó con 200 libros.

Así empezó a ser librero, un oficio que él considera noble. “Como librero, uno tiene una responsabilidad social”, dice “en un país como Colombia, que la gente lea, se informe, cualquier conocimiento es una apuesta para un cambio. Por eso creo que hace que el oficio sea más noble que en otros lugares”.

Su objetivo con esta empresa quijotesca, como Marco la llama, no es volverse rico sino poner a la gente a leer, a los que ya leen y a los que no. Mostrar que la lectura no es solo para la bohemia o la erudita sino que cualquiera puede leer. “La gente que ha tenido acceso a la cultura ha sido quisquillosa con eso, entonces se vuelve como una élite, ‘los demás son brutos menos nosotros’, y eso ha hecho que la gente del común le tenga reticencia a la lectura”, señala el librero. Por eso lleva sus cajas llenas a la feria que lo inviten, no solo a eventos de libros.

En un momento decidió ofrecer también café y puso las mesas y las sillas que están al frente. Sin embargo, manejar las dos cosas le parecía demasiado y se quedó con lo que le gusta más, los libros. El negocio de la bebida oscura quedó a cargo de William Mesa, un amigo. Marco aprovecha sus energías para sacar nuevos libros con su editorial, para la Feria Internacional del Libro vienen tres, de momento: un ensayo en español y en sueco sobre el poder, un libro para niños que no busca dejar moraleja esa parte moralizante que siempre está y a él le parece malsana en la literatura infantil porque busca crear culpa para toda la vida– y un libro sobre la historia social del pelo.

De momento, Marco planea seguir con el ritmo de vida que le gusta: haciendo resistencia con su librería, promoviendo la lectura; leyendo alguno de los libros que le llegan antes de que le salga cliente; jodiéndose la espalda por cargar cajas llenas de libros; buscando que en los eventos grandes, como la feria de Arcadia, le permitan cuadrar las cuentas. En esta última no lo logró, de los $7 millones que logró en la versión anterior, pasó a $3.200.000. No se desespera, es librero por pasión y no para sobrevivir, sigue tranquilo manteniendo a su “monstruico particular” –como la llama–, a su quimera, a La Valija de Fuego.

Ilustración: Juan Andrés Rodríguez Murillo / Digitalización: Estefanía Noreña M

Carta de Bogotá a ‘Kike’

De manera exclusiva presento la carta que Bogotá le escribió a Enrique Peñalosa, en la que le cuenta que ya empezó a tramitar su divorcio y le cuenta las razones de su decisión.

Kike:

Cuando te di la oportunidad de volver a estar a mi lado creí que reviviríamos todo lo bello que vivimos en nuestros tiempos, cuando salíamos por primera vez: bellas bibliotecas, bellos andenes, otro museo como el Botero… pero la verdad es que te has encargado de revivir más lo malo que lo bueno: bolardos mal puestos que luego tuviste que quitar—, querer urbanizar la Van Der Hammen y meter más Transmilenio.

Creo que eso último es lo que más me molesta. La primera vez me convenciste de que sería mejor que tener un metro, ahora sales a decir que “es lo mismo”, ¿cómo puedes ser tan cínico? Puede que mis relaciones pasadas no fueran perfectas, pero hay prioridades, antes de tener todos mis postes limpios —como si, como han dicho por ahí, los turistas vinieran a ver que tan pulidos quedaron—, prefiero tener un sistema de transporte masivo que no tenga que parar en semáforos, que no sufra por losas o trancones y que no tenga exosto.

Ya no me puedes venir a convencer de nuevo, he visto por mucho tiempo como mi hermana Medellín ha disfrutado con su metro y luego con su Metrocable. ¡Ah!, y cuando volviste y supiste que iba a tener dos de esos, empezaste a decir que eso no era lo mejor, que había que hacer vías. Mal que bien no pudiste detener mi TransMiCable de Ciudad Bolívar que quedó listo con mi pareja anterior… pero sí desechaste el de San Cristóbal.

Y ahora te das ínfulas con ello. Como siempre te pones a usar adjetivos innecesarios y comparaciones absurdas, como si quisieras mostrarle a tu mamita lo bien que haces las cosas: “un metro alto y esbelto” o “será como volar bajo en helicóptero”, ¿qué has estado metiendo, Kike?

Vives en un mundo de fantasías, de renders, y me quieres obligar a mi a vivir en ese mismo mundo lleno de mentiras. Tenía cerca mi metro subterráneo, uno acorde a las tendencias arquitectónicas actuales, todas las grandes ciudades están dejando de usar metros elevados, ¡hasta Ciudad de Panamá tiene ya uno subterráneo y va por su segunda línea!

¿Siempre fuiste así de mentiroso? No lo sé. Lo de tus títulos universitarios me sorprendió tanto… llevabas años diciendo que tenías tu doctorado francés y a la hora de la verdad te toco salir a decir con tus amigotes que todo era una equivocación. Claro, el tal Carlos Fernando Galán ese es capaz de denunciar a otro alcalde, pero contigo si se queda callado ¡Igual de cínico a ti!

Además, lo de tomar crédito es algo que estás tomando por costumbre. Antes de que volvieras a mi lado estabas diciendo que no usarías el Hospital San Juan de Dios, que había otras “prioridades”. Y ahora sales en la prensa y en la radio jactándote de su reapertura

Esto debe parar ya. Antes de seguir arrasando con la sabana, con mi sabana, hay que organizar la ciudad. Hay que buscar medios de transporte que le funcionen a mis habitantes, hay que dejar de meter Transmilenio por todo lado y ¡hay que hacer un metro que no tenga la misma ruta que otro sistema masivo! Si los dos hacen lo mismo ¿vamos a hacer lo mismo dos veces por la Caracas?

Antes de que se me empiecen a salir las lágrimas por la rabia que tengo y que recuerde que lo del Bronx empezó con el Cartucho y parece que todo va para lo mismo, te digo que ya empecé con los papeles del divorcio. Creo que es lo mejor, antes de que esto se alargue y nos complique más la vida, no te quiero conmigo. Se irá dinero, es verdad. Pero me acuerdo la plata que botaste a la basura con los estudios del metro subterráneo y siento que hago lo correcto.

Espero que encuentres alguien que te quiera Kike, puede que tu lugar sea con esas ciudades del Pacífico, por allá en oriente donde también les metiste el Transmilenio por los ojos. Vete para allá luego de hacer algún curso de verano de Europa y venderlo como tu segundo doctorado. Vete…